A LÚA CHEA

#Colaboración:

A LÚA CHEA

29 de Outubro de 2020 · Por Fernando Jover. Director de fotografía.

Algunos, sobre todo los que me conocen, se preguntarán por qué titulo este relato en gallego, si soy de León y no hablo ni papa del idioma. Es muy sencillo: en gallego representa muchísimo mejor lo que ha significado para mí esta luna que en castellano.

Es la ambivalencia de la luna. Puede representar el amor, pero también la muerte o, como en este caso, la muerte por amor. En una de nuestras conversaciones le propuse a Iria Ares, directora de Badaladas de Amor e Morte, la realización de este plano: la luna llena, en dónde pudiésemos ver la luz y la oscuridad unidas como testigos preferentes de la vida y de la muerte.

La luna, al menos para mí y más en esta película, significa o simboliza por una parte el amor, lo bello, lo romántico… Cuántas veces no habremos estado en un lugar solitario bajo la luz de la luna intentando que ese instante se tornase como eterno. Por otra, la luna ampara lo inesperado, lo indeseable, lo oscuro, la muerte en este caso como las dos caras de una moneda, dual, indivisible, el amor y la enfermedad que desemboca en la muerte. Sólo tienes que girarla para ver la otra parte. Sólo tenemos que plantearnos lo que pensaríamos si nuestra pareja falleciese. Posiblemente, “y ahora qué pinto yo aquí, sin tí”.

Iria, como siempre, me escuchó atentamente. Hablamos mucho de ello y aceptó entusiasmada incluso conociendo que cabía la posibilidad de que no fuésemos capaces de hacerlo, ya fuese por problemas meteorológicos o porque simplemente no encontrásemos el lugar adecuado para rodarlo, con tan poco tiempo. Así y todo, lo cual indica la valentía y la capacidad de asumir riesgos de Iria, aceptó.

Desde entonces, “A Lúa Chea” se convirtió en mi pesadilla. Pasé dos meses estudiando la luna, su movimiento y las dificultades que se iban a presentar en el rodaje. Ya había rodado lunas llenas pero nunca tuve que decidir el lugar exacto en donde poner la cámara para ver cómo salía por un punto determinado -y sólo ese-.

Encontrar un lugar con las características necesarias para hacer el plano no fue una cuestión baladí. El lugar, por logística de rodaje y tiempo, debería de ser en el Monte Pindo (A Coruña), ya que todo el rodaje se organizó en función del día 26 de agosto, el día de “A Lúa Chea”.

Xoán Carlos Mejuto celebra uno de los éxitos de Badaladas de Amor e Morte: el punto exacto para el plano de “A Lúa Chea”.

Afortunadamente un colaborador del proyecto, Fins Eirexas, especialista en fotografía astronómica, nos indicó un sitio que podría servir. De hecho, nos pasó una planificación de la aplicación PhotoPills donde nos indicaba con exactitud el lugar. La foto de arriba, señala el punto en donde deberíamos conseguir que la luna saliese por detrás de La Muerte, figura protagonista de nuestro corto.

Desde el punto de vista técnico debía de tener en cuenta varias cosas. La primera, determinar la relación de tamaño de la luna con respecto al personaje. Si queremos que la luna cubra completamente el sujeto sin que éste parezca enano, es necesario colocar la cámara a una distancia equivalente al ancho del escenario que queremos fotografiar, multiplicado por cien. Por otra parte, esta distancia, en nuestro caso, debería ser superior a la última marca de distancias del objetivo. Necesitaba enfocar a infinito para que sujeto y luna estuvieran a foco.

Pero antes de nada había que encontrar el objetivo que nos permitiese un tamaño de luna grande. Como hemos dicho, la relación de tamaño entre sujeto y luna se obtiene con la distancia, pero el tamaño de luna y sujeto juntos se consigue por medio de la distancia focal. Cuanto mayor sea la distancia focal, mayor será el tamaño de la luna, pero cuanto mayor sea la distancia focal, también será menor la máxima apertura de diafragma, excepto en objetivos de gran calidad. Un problema añadido si, tal como tenía pensado desde un inicio, quería filtrar.

Necesitaba un objetivo al menos de 600mm o un 300mm con un duplicador de focal. El duplicador de focal me iba a quitar casi dos diafragmas, por lo que ya era un mal negocio. Además, si quería utilizar filtros para reducir un poco el azul y darle algo de textura a la piedra, se convertía en inviable. Conseguir textura en la piedra implicaba utilizar filtros ND degradados para rebajar solamente la luz de la luna, pero corría el riesgo de ver la cara del actor que interpretaba a La Muerte. No obstante, estábamos hablando de tener que abrir al menos 4 diafragmas con respecto al diafragma de la luna, cosa que no podía ser. La luna como mucho iba a dar un T5,6 teniendo en cuenta que en esas elevaciones tan bajas es menos brillante, por lo que estamos hablando de tener que utilizar un nºT inferior a 1. Totalmente inviable.

No sólo era un problema de luz, sino también de profundidad de campo. Cuanto más abierto está el diafragma, menos profundidad de campo conseguimos. Esto quiere decir, que en este caso necesitábamos cerrar el diafragma cuanto más mejor. La máxima profundidad de campo se obtiene enfocando a la distancia hiperfocal. De esta manera obtienes foco aparente desde la mitad de esa distancia hasta el infinito, pero no era eficaz enfocar a la distancia hiperfocal, ya que esta se encontraba a una distancia de 6.255 metros aproximadamente, por lo que enfocando a esa distancia tendríamos foco desde los 3.127 metros y, por tanto, la muerte fuera de foco. Había que buscar el punto y la distancia para poder enfocar a infinito.

Posición Definitiva para el rodaje del plano “A Lúa Chea”. Cálculos con la App PhotoPills.

Viajamos al Monte Pindo a localizar la luna llena de un mes antes, Iria Ares, directora, Xoán Carlos Mejuto, productor, Emmy Atrio, operador de cámara, y yo, con tal mala fortuna que el día y la noche estuvieron completamente cerrados, nublados, por lo que no pudimos ver la luna. Pero sí pudimos, con los cálculos que ya había realizado tanto de azimut (dirección) como de elevación, teniendo en cuenta la declinación magnética de esa posición exacta e incluso la variación secular, buscar cuál sería el lugar idóneo para colocar la cámara.

Y este es el punto clave. Es un punto y sólo uno y no tienes más posibilidades. Lo único que te puede salvar es tener territorio a los lados para un cambio de posición de última hora, si así fuese necesario. Nos encontrábamos a 627 metros de las rocas donde tenía que subirse el actor que interpretaba a La Muerte. Por detrás no se podía ganar nada, era montaña. Por los lados, sí. La luna iba a salir por un azimut de 111,5 grados y el suelo de las rocas donde estaría La Muerte, se encontraba a una elevación de 3o,  lo que significa que a esa elevación ya estaríamos viendo la mitad de la luna. Teniendo en cuenta el diámetro angular de ésta (realmente entre 0,4 y 0,5 grados cuando está más cerca de la tierra), debería calcular una elevación de 0,250 grados menos para poder ver salir la luna de detrás de las rocas.

Badaladas de Amor e Morte. A Lúa Chea. Cálculos con la App PhotoPills.

Ahora había que buscar el punto exacto para colocar la cámara. Utilizo mi compás analógico Suunto, que tiene brújula y altímetro, y me coloco justo en el lugar que percibía los 111,5 grados y una elevación de 2,75 grados. “Es aquí.” -nos dijimos Emmy y yo. “Vamos a ver con el Photopills”. Abrimos el software, busco la posición y… ¡nos da un punto diferente!, separado unos 50-60 metros del que nos indicaba el sistema analógico. Dilema. Decido hacer caso a las tecnologías más modernas. Usaremos el Photopills. Me daba problemas de señal, por lo que habría que prever para el día de rodaje tener preparados dos teléfonos diferentes, con compañías distintas, y el software instalado.

Prácticamente lo teníamos todo. Me faltaba encontrar y seleccionar la óptica con las características mencionadas. Para ello conté con la inestimable ayuda de Oscar Pérez, CEO de EPC, y después de barajar varias opciones me decanté por un zoom HAWK  150-450mm para película de 35mm. Esto era una gran ventaja, pues en 16mm se convertía en un poderosísimo 300-900mm con una abertura T de 2,8 y así evitábamos el tener que usar un duplicador. Por lo tanto, sólo debería compensar la exposición por los filtros que fuese a utilizar.

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Guillermo Vázquez, foquista, comprobando el ZOOM HAWK 150-450mm para película de 35mm. ¡16kg de objetivo!

Los ND los había descartado por lo mencionado anteriormente, pero sobre todo por continuar con la misma línea fotográfica utilizada al inicio de la película y en la parte final: el uso de las siluetas. Las cartas estaban repartidas, ya sólo faltaban 15 días para el rodaje y apareció el primer inconveniente serio y que no tenía ninguna solución. Revisando la documentación técnica del objetivo veo que la rueda de enfoque tiene marcas hasta 650 metros y después infinito. Eso quería decir que estaba dentro del rango de distancia de la cámara al sujeto y, por lo tanto, no se podía enfocar directamente a infinito. No hubiera pasado nada si hubiéramos tenido espacio por detrás, -con 100 metros más hubiera sido suficiente-, pero no, sólo había montaña. Se vería La Muerte fuera de foco. La única solución, hacer un cambio de foco. Empezar con la muerte enfocada y variar lentamente al foco de la luna. Llamo inmediatamente a Iria y se lo cuento. Perfectamente podría haber prescindido de este plano, pero no, quiso continuar incluso con ese condicionante.

Llegamos al Monte Pindo tras dos noches intensas de rodaje y un viaje con mucho cansancio acumulado. Descansamos un poco y nos pusimos manos a la obra. Sobre las 8 de la noche comenzamos a preparar el plano de la luna. Había hecho un día espléndido, pero empezaba a nublarse tímidamente. Si mal no recuerdo, la luna tenía que presentarse a las 21,58h. Todo estaba listo, la cámara montada con su trípode, cabeza y sus 16 kilos de objetivo. ¡En total unos 30 kilos!

Colocamos un filtro 81EF (amarillento) de la serie Wratten de Kodak que es un filtro equilibrador de color, rebajando de esta manera un poco la temperatura de color de la luna y así eliminar un poco de azul. ISO 250, es decir, para luz día. Diafragma, como el 81EF quita cómo 2/3 de stop, un T4 para sobreexponer una pizca.

Emmy, operador, listo; y Guillermo Vázquez, foquista, también. Estábamos un equipo mínimo. Xoán Carlos Mejuto, productor del cortometraje y actor protagonista, quiso asumir él mismo el riesgo y hacer La Muerte -esto no es una indirecta-, se subió a la roca sin saber el tiempo que debería permanecer allí y con un peligro importante, ya que el suelo era muy inestable y hacía mucho viento a esas alturas.

Plano original del cortometraje Badaladas de Amor e Morte, resultado de todo el proceso de investigación y creación descrito en este artículo.

Mucha tensión. La luna no aparecía, y en su lugar podíamos ver como en el horizonte comenzaban a subir unas nubes… ¡Trágame tierra!

De pronto Emmy empieza a gritar. “¡Está saliendo por la derecha! ¡Está saliendo por la derecha!”. Comienzo a correr y le digo a Guille que me siga. Guille agrarra todo: la cámara, el trípode, con cabeza y zoom incluídos, y me sigue hasta que le señalo el lugar. ¡No me lo podía creer! Sí, ese. ¡El que nos había indicado el compás Suunto cuando localizamos! La teníamos… Desde ese mismo lugar, desde ese punto exacto: “A Lúa Chea”.

Equipo de cámara apuntando “al lugar exacto” para la toma. Agradecidos a  Óscar Pérez, CEO de EPC.

No fue exactamente como lo pensamos, pero sí parecidísimo. Lo conseguimos, pudimos intuir por dónde iba a salir “A Lúa Chea”. Ya teníamos nuestro plano final para Badaladas de Amor e Morte. De todos modos, yo me quedé un poco defraudado aunque contento, pues no escatimamos ningún esfuerzo. A casi todo el mundo le gusta el plano, -a mí, menos-, pero como he dicho en otras ocasiones, “hay veces que hay que apuntar al sol para darle a la luna”.

Fernando Jover,
director de fotografía.

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